Imaginese que usted, señor/señorita lector(a), que está en su casa o en su trabajo o caminando por la calle, tranquilo, relajado, "minding your own" comme dissait l'autre, cuando de repente comente la tontera del año. De ésas que usted sabe no se deben cometer, que atentan contra el orden lógico de las cosas, el espacio-tiempo y la juramento hipocrático. Póngase en esa situación por un momento. Si no puede, sírvase leer sobre mi caída en agujeros varios más abajo. Suponiendo que ya pudo, lo primero que alguien de la gallada pensaría sería "menos mal que nadie me vió" o "menos mal que nadie estaba conmigo para que no se riera" o aún mejor, "menos mal que nadie me vió y nadie se va a acordar de esto para molestarme durante el resto de mi existencia cada vez que algo similar pueda ocurrirme al frente de personas que me conocen". En mi caso, usualmente, esto no pasa. Porque para evitar que tan buenos momentos se pierdan del imaginario colectivo está La Máquina, Gustavo Düring (note las cremillas, trademark del socio).
A La Máquina lo conocí en Chicago, a pesar de que fue profesor auxiliar de un ramo de la Universidad. Lamentablemente perdí sus clases magistrales (y lo digo con irónica verdad): a esa hora Los María Luisa entraban a jugar el campeonato Físico-Matemático de fútbol, un campeonato de gran nivel, como uno podría esperarse, pero a nivel de patadas y pasadas de corbata. Al ir a Chicago, ambos tuvimos la espectacular idea de ir a hacer una pasantía en una de las ciudades más heladas del planeta, sin contar el viento que hacía bajar la temperatura hasta menos algunas decenas en una Universidad alejada de bulla, que buscabamos con desesperación. Recuerdo como si fuera ayer esa salida al Green Mill, el bar de Capone: tomando el L con drogos varios, con los dedos casi morados de frío para ver un show de media hora porque cerraban el bar y volviendo en un taxi porque el metro estaba putrefacto. El tiempo allá hubiera sido infinitamente más nefasto de no ser por la continua burla que La Máquina hacía de mi y de si mismo. Creo que ahí aprendí realmente a reirme de mi mismo, carcajada limpia sin restricciones. Porque siempre Gustavo se recordaba de mis "intervenciones humorísticas". Eso unido a la casi ausencia total de vergüenza, me promovieron a comenzar este blog. Gustavo se parece un poco a mi, guardando las proporciones: es más alto, menos jugoso y habla más lento. Pero es igual de relajado que yo (bueno, no tanto) para las cosas que no mueven al mundo. Eso se agradece, en un reducto donde hasta el precio del pan es un delirio de discusión, relajar la vida es importante. Así de relajado fue que nos fuimos a recorrer las islas griegas, eligiendo en el camino que hacer y sin mirar mucho en cuanto gastar. Quizá hayamos cometido algunos errores (mi espalda e hígado los recuerdan por mi), pero fueron más los aciertos, si hasta al final volví con un buen amigo. Esto de no mediar la compra de su pasaje de vuelta desde Turquía: ya lo veía asumiendo su nueva faceta de pescador artesanal en Estambul bajo el nombre del tipo Hakan Utmi.
C:

A La Máquina lo conocí en Chicago, a pesar de que fue profesor auxiliar de un ramo de la Universidad. Lamentablemente perdí sus clases magistrales (y lo digo con irónica verdad): a esa hora Los María Luisa entraban a jugar el campeonato Físico-Matemático de fútbol, un campeonato de gran nivel, como uno podría esperarse, pero a nivel de patadas y pasadas de corbata. Al ir a Chicago, ambos tuvimos la espectacular idea de ir a hacer una pasantía en una de las ciudades más heladas del planeta, sin contar el viento que hacía bajar la temperatura hasta menos algunas decenas en una Universidad alejada de bulla, que buscabamos con desesperación. Recuerdo como si fuera ayer esa salida al Green Mill, el bar de Capone: tomando el L con drogos varios, con los dedos casi morados de frío para ver un show de media hora porque cerraban el bar y volviendo en un taxi porque el metro estaba putrefacto. El tiempo allá hubiera sido infinitamente más nefasto de no ser por la continua burla que La Máquina hacía de mi y de si mismo. Creo que ahí aprendí realmente a reirme de mi mismo, carcajada limpia sin restricciones. Porque siempre Gustavo se recordaba de mis "intervenciones humorísticas". Eso unido a la casi ausencia total de vergüenza, me promovieron a comenzar este blog. Gustavo se parece un poco a mi, guardando las proporciones: es más alto, menos jugoso y habla más lento. Pero es igual de relajado que yo (bueno, no tanto) para las cosas que no mueven al mundo. Eso se agradece, en un reducto donde hasta el precio del pan es un delirio de discusión, relajar la vida es importante. Así de relajado fue que nos fuimos a recorrer las islas griegas, eligiendo en el camino que hacer y sin mirar mucho en cuanto gastar. Quizá hayamos cometido algunos errores (mi espalda e hígado los recuerdan por mi), pero fueron más los aciertos, si hasta al final volví con un buen amigo. Esto de no mediar la compra de su pasaje de vuelta desde Turquía: ya lo veía asumiendo su nueva faceta de pescador artesanal en Estambul bajo el nombre del tipo Hakan Utmi.
C:
2 comentarios:
se me habia olvidado el campeonato de baby donde Los Maria Luisa participaron! ...lo otro, acabo de darme cuenta que todos los sobrenombres son como de la WWE...
Siiii, se lo ganoooooooó, se lleva el premioooooooo.....
Besos Babs, toda la suerte del mundo!.
C:
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