El título lo dice todo. Bueno, no todo, pero muy cerca del todo. 99% del todo. Casi todo. Solo le falta decir que hierbas, y esas me las se yo no más.

sábado, 1 de marzo de 2008

La Ratonera o de como no soy Romario

12:47 AM. 12...47. Lo hiciste otra vez. Lo hiciste. Otra. Vez.
Por creerme Romario. Por culpa de Rata y compañia. Por culpa del prendimiento colectivo. Por mi gran culpa.
Era el compromiso deportivo de la semana. Pegar patadas y salir ileso. Alguna que otra cachaña. Amasarla, acariciarla, darle permiso y dejarla correr, pololearla un poquito. No podía faltar. Yo pensaba que si o baijinho infernal lo podía hacer, porque su modesto servidor no?.
Salgo rápido del sobre, me pongo encima lo primero que encuentro y que no se asemeja ni a un traje de payaso ni a un disfraz de astronauta. Llaves? sí, Dinero? para que, Llaves? sí te dije, Celular? batería baja pero la intención es lo que cuenta, Balón? desinflado, Mapa de como llegar? en un variedad diferenciable bidimensional cualquier browniano llega al origen de nuevo (si no entiende esto, no se preocupe, un matemático le podrá explicar para confundirlo aún más).

Llagamos donde Rata en masas. Hasta las masas. Con buena provisión y sin uno que otro desertor, de los cuales no me referiré porque, aunque no tenga que pagar por utilizar el recurso internet, me parece una pérdida de octetos. No voy a mentir, el prendimiento colectivo venía en los ojos de todos y cada uno. Subimos por ascensor destino 7mo piso, el nuevo lar de Rata.

"Alo, M?, soy C:. Intenté hacer un Romario pero no me resultó. Llegaré con retraso, comme d'hab".
Enfilo por alguna calle con dirección a... a quien engaño, yo no enfilé a ninguna dirección: fue la mágica ayuda del piloto automático, ese místico elemento surreal que nos resulta vital a la hora de llegar a puerto, muy al estilo de la película donde el piloto inflable y la azafata inflable... bueno, se inflaban mutuamente. Una izquierda, dos derecha, luego direcciones al azar por buen rato.

Rata me muestra el delantal con la bandera chilena, con la estrella solitaria. Como pudo pasar alrededor de mi cabeza, me lo puse... por largo tiempo. Iver estaba siendo Iver. La Máquina discutía largo tiempo con Jorgito sobre los Clebsch (o Clebsh o Clebscsh o alguna permutación de las siseantes, al cabo que sólo a ellos dos les interesa). La noche sigue avanzando. Desde el balcón de su departamento (uno de los tantos puntos por los cuales le tenemos envidia declarada a Rata), conversamos sobre todo y nada, pero más nada que todo. En verdad, al final todo es nada, aunque eso no es cierto del todo.

Al final, encuentro ciertos aspectos de las calles algo conocidos. La memoria me pega un tortazo en la nuca y recuerdo todo, salvo el como llegué acá. Saco el balón del bolso para que sienta la libertad condicional. Llego al terreno, a la cancha. Pateo la redonda y comienza el ruedo.

Es tarde, y ya se apagan. De a poco, pero se apagan. Enfilo con La Máquina hacia el Boulevard Jourdain, donde queda su casa y por donde camino largos minutos para llegar a la mía. Ya no tengo la estrella pegada al corazón, pero me acuerdo de ella. Al llegar al hogar, pongo la cabeza en la almohada y el Festival de la Una termina.

Abro los ojos. Miro la hora. Lo hiciste otra vez. Lo hiciste. Otra. Vez.

C:

1 comentario:

Kenneth Bunker S. dijo...

que buena pelicula. muy buena.