Fueron varios. Y me acuerdo, no tanto porque dolían, sino porque me los merecía todos. Si fui bien, pero bien Gilberto.
Alvaro era grandote, con una cierta semejanza a Donkey Kong, pero a dieta de repollo, y yo parecía pitufo atacameño al lado. Y más encima medio torpe (lo sigo siendo, lo escondo mejor). Jugabamos volleyball todos los recreos del colegio. El que piense que es un deporte un tanto, como ponerlo, suave, nunca ha recibido un pelotazo en la cara. O en otras diversas partes del cuerpo, de misma o más elevada alcurnia. En realidad, lo único que hacía a esas alturas del partido era jugar, sea a la pelota, al notable hoyito-patá (donde siempre perdía al final del recreo, ergo patadas mil) o al "pescadito" con la pelota de volleyball. Recuerdo bien que Patrón, con su exquisito y totalmente traslúcido sentido del humor, gustaba intentar patear la redonda a alturas insospechadas. Nunca entendió que su coordinación motora apenas le permitía subirse el cierre del pantalón, menos empalmar de buena manera la esférica.
Jugabamos y jugabamos. En parte porque nos creíamos buenos (hay gente que cree verse bien vestido de paracaidista, porque yo no, digo yo?), en parte porque no había nada mejor que hacer, comparativamente hablando, y por ellas. Creo profundamente que la motivación principal de todas las actividades (con la única excepción del sóquer) son las mujeres. Y si hubieran visto a la selección femenina del colegio, se cambiarían enseguida al partido político "Claudito tiene la razón", número de socios: 1 (si cambia socio por miembro, funciona igual). Si no me creen, el mismo Patrón intentó jugar un tiempo. La motricidad fina, y ese iracundo deseo de no hacer nada, le ganaron el partido. Juaco también lo intentó. En su caso fue más que todo lo que llamamos pillo estructural.
Jugar con ellas era el lujo. Obviamente, jugabamos más suave. Ellas, no. Al final, encontramos el buen medio: ellas pegaban lo más fuerte posible, nosotros poníamos la otra mejilla. Y luego la otra. Y la cara entera. Cara de gil. Esa debió haber sido mi cara cuando, en el medio del enroque, espeté la tontera. Claramente, saqué risas de todas. Mías también. De todos. Bueno, de casi todos. Alvaro ya sabía que mañana me tocaba, así que poco me dijo. Mucho hizo al día siguiente. Botado en el pasillo, recibiendo "uno que otro", me reía igual. El, aunque no quiera decirlo, también.
Eso me dijo cuando me llamó hoy, desde Toronto, Canadá. Con su señora y dos hijas. "De las tonteras que uno se acuerda", decía. "De las tonteras, uno se acuerda", corregí con risa. En verdad, de las tonteras con los amigos, uno se acuerda.
C:
Alvaro era grandote, con una cierta semejanza a Donkey Kong, pero a dieta de repollo, y yo parecía pitufo atacameño al lado. Y más encima medio torpe (lo sigo siendo, lo escondo mejor). Jugabamos volleyball todos los recreos del colegio. El que piense que es un deporte un tanto, como ponerlo, suave, nunca ha recibido un pelotazo en la cara. O en otras diversas partes del cuerpo, de misma o más elevada alcurnia. En realidad, lo único que hacía a esas alturas del partido era jugar, sea a la pelota, al notable hoyito-patá (donde siempre perdía al final del recreo, ergo patadas mil) o al "pescadito" con la pelota de volleyball. Recuerdo bien que Patrón, con su exquisito y totalmente traslúcido sentido del humor, gustaba intentar patear la redonda a alturas insospechadas. Nunca entendió que su coordinación motora apenas le permitía subirse el cierre del pantalón, menos empalmar de buena manera la esférica.
Jugabamos y jugabamos. En parte porque nos creíamos buenos (hay gente que cree verse bien vestido de paracaidista, porque yo no, digo yo?), en parte porque no había nada mejor que hacer, comparativamente hablando, y por ellas. Creo profundamente que la motivación principal de todas las actividades (con la única excepción del sóquer) son las mujeres. Y si hubieran visto a la selección femenina del colegio, se cambiarían enseguida al partido político "Claudito tiene la razón", número de socios: 1 (si cambia socio por miembro, funciona igual). Si no me creen, el mismo Patrón intentó jugar un tiempo. La motricidad fina, y ese iracundo deseo de no hacer nada, le ganaron el partido. Juaco también lo intentó. En su caso fue más que todo lo que llamamos pillo estructural.
Jugar con ellas era el lujo. Obviamente, jugabamos más suave. Ellas, no. Al final, encontramos el buen medio: ellas pegaban lo más fuerte posible, nosotros poníamos la otra mejilla. Y luego la otra. Y la cara entera. Cara de gil. Esa debió haber sido mi cara cuando, en el medio del enroque, espeté la tontera. Claramente, saqué risas de todas. Mías también. De todos. Bueno, de casi todos. Alvaro ya sabía que mañana me tocaba, así que poco me dijo. Mucho hizo al día siguiente. Botado en el pasillo, recibiendo "uno que otro", me reía igual. El, aunque no quiera decirlo, también.
Eso me dijo cuando me llamó hoy, desde Toronto, Canadá. Con su señora y dos hijas. "De las tonteras que uno se acuerda", decía. "De las tonteras, uno se acuerda", corregí con risa. En verdad, de las tonteras con los amigos, uno se acuerda.
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