Uno siempre espera lo que no llega y siempre llega lo que uno no espera.
Esto lo digo no porque sea una procesadora industrial de clichés y ufemismos (aunque de repente el rubro industrial no paga mal), lo digo porque lo creo a ciencia cierta. Como cuando uno era chico y esperaba que le llegara el tremendo regalo para el cumpleaños o para Navidad, sólo para que una semana después anduviera botado por la casa, usado como pelota de fútbol por el hermano menor, trancador de puertas por la nana, pisapapeles sin peso por su propia decisión o sencillamente tirado en un rincón de la pieza, al lado de los regalos que habían pasado por la misma suerte, años atrás. Y ese que nunca diste un huevo por, ese que parecía comprado en frente del Eurocenter a un viejito parecido al ya clásico casero del colegio, ese que claramente apareció en Canal 13 junto con las copias de Bob Esponja hechas en tolueno como prueba irrefutable que los plásticos son dañinos cuando se incendian, se rocían con varicela y se les administra ya licuificados vía intravenosa a los cabros chicos, se transformó en el regalón. El que no soltabas ni para ir al colegio (o al baño o la piscina o a la casa del Blai pa' enseñarle lo que era el conjunto vacío). El que tus amigos querían sólo porque jugando con el artefacto se te prendían los ojos y la envidia los carcomía de a poco. Del que uno se acuerda todavía.
Yo no me esperaba llegar acá, haciendo lo que hago (que en verdad no sé bien todavía lo que es). Pa' los que no lo sabían, cuando yo era más chico, más ingenuo y claramente menos guatón, pensaba estudiar derecho o algo con libros llenos de escritura, bien Supertaldísitcos. Digan conmigo plop! o reflauta o alguna de Pepo. Le pegaba un poco a la memoria de los datos freak, como por ejemplo que el artefacto de Don Napo lo guardan en formalina como fuente de poder, muy al estilo Thundercats o cualquier monito animados ochentero de Domingo en la mañana traducido a la mexicana o a los cristales de dilitio (ahí si que no pongo link porque trekkie no soy). De un día para otro me cayo la teja que no iba por ahí el rumbo, que si apenas me entienden hablando español mis amigos menos me van a entender viejotes con arrugas en las pestañas cuando diga otrosí o fojas cero o algun vocablo de alta alcurnia, así que decidí ensayar en la Física (mi viejo debe haber tenido sus 16 músculos para sonreir hipertrofiados durante buenas semanas cuando le dije que quería entrar a J de Beauchef).
Tampoco me esperaba salir de la angosta franja de tierra, por tanto rato. No será mucho, tres años y minucias, pero pa' uno como yo, hogareño como él solo (digamos en verdad flojo y cómodo, suenan más veraces y menos "yo quiero ser presidente porque soy un hombre de clase media", llunou?), se veía un poco lejano.
Menos me esperaba encontrar buenos amigos (La Asefe en pleno presente). De esos que te levantan el ánimo cuando anda bajo, que saben donde picar para que uno se enoje casi al borde de lo irrisorio. De los que te conocen. De los que se saben la tallita del verano, que no la sueltan hasta que ya no te puedes poner nervioso porque todos la conocen.
Ahora, después no sé que pase. Quizá me vaya a los Estados Juntos para continuar siendo el eterno estudiante (no hay problema, espacio craneal no falta, ganas tampoco), en las tierras de Illinois o allieur. Probablemente me caiga la teja de nuevo por allá: estás harto bien, cabro.
C:
Esto lo digo no porque sea una procesadora industrial de clichés y ufemismos (aunque de repente el rubro industrial no paga mal), lo digo porque lo creo a ciencia cierta. Como cuando uno era chico y esperaba que le llegara el tremendo regalo para el cumpleaños o para Navidad, sólo para que una semana después anduviera botado por la casa, usado como pelota de fútbol por el hermano menor, trancador de puertas por la nana, pisapapeles sin peso por su propia decisión o sencillamente tirado en un rincón de la pieza, al lado de los regalos que habían pasado por la misma suerte, años atrás. Y ese que nunca diste un huevo por, ese que parecía comprado en frente del Eurocenter a un viejito parecido al ya clásico casero del colegio, ese que claramente apareció en Canal 13 junto con las copias de Bob Esponja hechas en tolueno como prueba irrefutable que los plásticos son dañinos cuando se incendian, se rocían con varicela y se les administra ya licuificados vía intravenosa a los cabros chicos, se transformó en el regalón. El que no soltabas ni para ir al colegio (o al baño o la piscina o a la casa del Blai pa' enseñarle lo que era el conjunto vacío). El que tus amigos querían sólo porque jugando con el artefacto se te prendían los ojos y la envidia los carcomía de a poco. Del que uno se acuerda todavía.
Yo no me esperaba llegar acá, haciendo lo que hago (que en verdad no sé bien todavía lo que es). Pa' los que no lo sabían, cuando yo era más chico, más ingenuo y claramente menos guatón, pensaba estudiar derecho o algo con libros llenos de escritura, bien Supertaldísitcos. Digan conmigo plop! o reflauta o alguna de Pepo. Le pegaba un poco a la memoria de los datos freak, como por ejemplo que el artefacto de Don Napo lo guardan en formalina como fuente de poder, muy al estilo Thundercats o cualquier monito animados ochentero de Domingo en la mañana traducido a la mexicana o a los cristales de dilitio (ahí si que no pongo link porque trekkie no soy). De un día para otro me cayo la teja que no iba por ahí el rumbo, que si apenas me entienden hablando español mis amigos menos me van a entender viejotes con arrugas en las pestañas cuando diga otrosí o fojas cero o algun vocablo de alta alcurnia, así que decidí ensayar en la Física (mi viejo debe haber tenido sus 16 músculos para sonreir hipertrofiados durante buenas semanas cuando le dije que quería entrar a J de Beauchef).
Tampoco me esperaba salir de la angosta franja de tierra, por tanto rato. No será mucho, tres años y minucias, pero pa' uno como yo, hogareño como él solo (digamos en verdad flojo y cómodo, suenan más veraces y menos "yo quiero ser presidente porque soy un hombre de clase media", llunou?), se veía un poco lejano.
Menos me esperaba encontrar buenos amigos (La Asefe en pleno presente). De esos que te levantan el ánimo cuando anda bajo, que saben donde picar para que uno se enoje casi al borde de lo irrisorio. De los que te conocen. De los que se saben la tallita del verano, que no la sueltan hasta que ya no te puedes poner nervioso porque todos la conocen.
Ahora, después no sé que pase. Quizá me vaya a los Estados Juntos para continuar siendo el eterno estudiante (no hay problema, espacio craneal no falta, ganas tampoco), en las tierras de Illinois o allieur. Probablemente me caiga la teja de nuevo por allá: estás harto bien, cabro.
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