Un clásico recuerdo automático, como el que se dispara cuando entras a un auto nuevo por primera vez y vuelves a tener 10 años, polerón verde ochentero con un mono yanqui estampado diciendo una frase inentendible porque aún no sabes inglés y zapatillas jet negras con agujetas rojas, de las que ahora los lolos encuentran cool y buscan en el persa Bío-Bío.
El gatillo del recuerdo es sencillo, pero contundente: café conversado con Jorgito, cuando comienza a caer agua (de arriba para abajo, como reza uno de los ufemismos simpaticones de mi viejo) con telón de fondo grisáceo. Sin pensar, pongo un tanto del tiempo presente en pausa y me veo en San Javier, al lado de la salamandra del comedor, azuzando con un antiguo fierro de camión (quizá parte de la transmisión, aunque en ese tiempo a lo único que lo comparaba era a la pistola de algun Transformer) las brasas del carbón que se resquebrajaban de vez en cuando. Al lado mío, la puerta que daba al patio cubierto por el viejo parrón, que escurría agua de lluvia por las cuantas hojas verdes que aún le quedaban, dejaba entrar el frío por una pequeña rendija cerca del piso. También entraba el olor a humo mojado. Así lo llamo yo, no tengo otra forma de describirlo: humedad mezclada con humo de carbón, en un lindo paquete invernal. Y a sopaipillas. Olor a sopaipillas. Sabor a sopaipillas. El mantel a cuadritos, pero hecho por rayas que se cruzaban infinitas veces, y que a pesar de eso intentaba contar cada vez que podía. Cubiertos del año de la pera (de la manzana para cierta señorita), vasos aún más antiguos. Tazas ancestrales, con el clásico reborde meid in Lozapencou. Agüitas de boldo, romero, ruda y níspero, del año del mismo. Mi abuela en la cabecera de la mesa, lentes oscuros, ojos claros. Paila con huevo, pero ese huevo amarillo de campo, del que tiene sabor a huevo, del que si pusieramos a pelear a los huevos, este gana por walk-over, porque al otro huevo le da miedo su choreza.
No sé que vaya a pasar con esa casa en el futuro. Nadie lo sabe. Yo no sé que pase conmigo en 20 minutos más, puede que me caiga una tonelada de plumas encima y me aplasten, casi como una película de Looney Tunes. En todo caso, como lo dice Cake, igual quiero quedarme a ver el Fin de la Película.
C:
El gatillo del recuerdo es sencillo, pero contundente: café conversado con Jorgito, cuando comienza a caer agua (de arriba para abajo, como reza uno de los ufemismos simpaticones de mi viejo) con telón de fondo grisáceo. Sin pensar, pongo un tanto del tiempo presente en pausa y me veo en San Javier, al lado de la salamandra del comedor, azuzando con un antiguo fierro de camión (quizá parte de la transmisión, aunque en ese tiempo a lo único que lo comparaba era a la pistola de algun Transformer) las brasas del carbón que se resquebrajaban de vez en cuando. Al lado mío, la puerta que daba al patio cubierto por el viejo parrón, que escurría agua de lluvia por las cuantas hojas verdes que aún le quedaban, dejaba entrar el frío por una pequeña rendija cerca del piso. También entraba el olor a humo mojado. Así lo llamo yo, no tengo otra forma de describirlo: humedad mezclada con humo de carbón, en un lindo paquete invernal. Y a sopaipillas. Olor a sopaipillas. Sabor a sopaipillas. El mantel a cuadritos, pero hecho por rayas que se cruzaban infinitas veces, y que a pesar de eso intentaba contar cada vez que podía. Cubiertos del año de la pera (de la manzana para cierta señorita), vasos aún más antiguos. Tazas ancestrales, con el clásico reborde meid in Lozapencou. Agüitas de boldo, romero, ruda y níspero, del año del mismo. Mi abuela en la cabecera de la mesa, lentes oscuros, ojos claros. Paila con huevo, pero ese huevo amarillo de campo, del que tiene sabor a huevo, del que si pusieramos a pelear a los huevos, este gana por walk-over, porque al otro huevo le da miedo su choreza.
No sé que vaya a pasar con esa casa en el futuro. Nadie lo sabe. Yo no sé que pase conmigo en 20 minutos más, puede que me caiga una tonelada de plumas encima y me aplasten, casi como una película de Looney Tunes. En todo caso, como lo dice Cake, igual quiero quedarme a ver el Fin de la Película.
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