Todo lo que diga puede y debe ser usado en mi contra. Antes de comenzar, dénme un momento para desempolvar el recuerdo, que ya se debe haber mezclado con incontables más. Al fin y al cabo, es un buen recuerdo.
La casa vacía, salvo los tres. Ya habíamos mirado las llaves suficiente tiempo.
"Lo sacamos entonces". "Sí" dije con la decisión típica del primerizo paciente que entra al dentista.
Nicolás sólo asintió, con cara de niño ritalín.
R.
Salimos.
Stop.
El conductor ajusta la silla. El espejo. El asiento de nuevo.
Asiento del copiloto. Ajuste de cinturón. Lo más justo posible. Lo más revisado posible. Algún guiño nervioso aparece.
Nicolás se agazapa sobre los asientos. Claramente el ritalín ya dejó de surtir efecto.
Primera.
Bajamos por la calle. Sin mirar a las casas vecinas. El conductor abre con control remoto el negro portón. Mira a ambos lados. Una. Dos. Tres veces.
Desde el asiento del copiloto, le digo que cheque otra vez. Segundo guiño nervioso. Primera amonestación verbal: "Cabezón, cállate".
Nicolás se agacha en el asiento trasero. Me recuerda un poco a los ejercicios de educación física, pero en el suelo y con contorsiones espasmódicas.
Segunda.
Doblamos la cuadra (no la doblamos nosotros, no se puede doblar una cuadra).
"Hasta el semáforo y vuelta" digo.
El conductor, también nervioso ("Si me pillan, no puedo jugar a la pelota por una semana"), mira de reojo: "Si seguí así te bajai".
Desde el copiloto, comento a alta velocidad hechos que no vienen al caso.
Nicolás necesita medicamentos para el control de la presión a esta altura del viaje.
Tercera.
El conductor deja de respirar por tres segundos. Acelera.
Desde el copiloto, la traspiración comienza a correr. Miro de frente y trato de no moverme mucho. Ni miro a la izquierda: sé lo que está pensando.
Nicolás ya deja las contemplaciones y con pasión animal se cuelga de las abrazaderas, al tiempo que espeta "LA CUCA, LA CUCA, LA CUCA!".
Segunda.
El conductor dobla a la derecha. Mira de reojo por el retrovisor.
Desde el copiloto, ya no hay vuelta que darle: "Acá dobla a la derecha, cálmate, despacio, párate acá, compra pan, pon segunda, pon primera, vota por el NO...".
Nicolás ya no entra en la historia.
Primera.
El conductor mira con ansias la vereda. Cara de pocos amigos y menos disculpas.
Desde el copiloto, callo.
Nicolás con cara de Salvado por la campana sólo respira.
Stop.
El conductor enfila por la diagonal.
"Cabezón, bájate",
"Ah?".
"Cabezón, bájate",
"Pero Negro, no podí ser así".
"Cabezón, BAJATE".
"Pero no...".
"Cabezón... BAJATE".
Se cierra la puerte.
Nicolás desde el asiento del copiloto, se pone el cinturón. El ritalín le vuelve a las venas.
Moraleja de la historia: Sientate atrás.
C:
La casa vacía, salvo los tres. Ya habíamos mirado las llaves suficiente tiempo.
"Lo sacamos entonces". "Sí" dije con la decisión típica del primerizo paciente que entra al dentista.
Nicolás sólo asintió, con cara de niño ritalín.
R.
Salimos.
Stop.
El conductor ajusta la silla. El espejo. El asiento de nuevo.
Asiento del copiloto. Ajuste de cinturón. Lo más justo posible. Lo más revisado posible. Algún guiño nervioso aparece.
Nicolás se agazapa sobre los asientos. Claramente el ritalín ya dejó de surtir efecto.
Primera.
Bajamos por la calle. Sin mirar a las casas vecinas. El conductor abre con control remoto el negro portón. Mira a ambos lados. Una. Dos. Tres veces.
Desde el asiento del copiloto, le digo que cheque otra vez. Segundo guiño nervioso. Primera amonestación verbal: "Cabezón, cállate".
Nicolás se agacha en el asiento trasero. Me recuerda un poco a los ejercicios de educación física, pero en el suelo y con contorsiones espasmódicas.
Segunda.
Doblamos la cuadra (no la doblamos nosotros, no se puede doblar una cuadra).
"Hasta el semáforo y vuelta" digo.
El conductor, también nervioso ("Si me pillan, no puedo jugar a la pelota por una semana"), mira de reojo: "Si seguí así te bajai".
Desde el copiloto, comento a alta velocidad hechos que no vienen al caso.
Nicolás necesita medicamentos para el control de la presión a esta altura del viaje.
Tercera.
El conductor deja de respirar por tres segundos. Acelera.
Desde el copiloto, la traspiración comienza a correr. Miro de frente y trato de no moverme mucho. Ni miro a la izquierda: sé lo que está pensando.
Nicolás ya deja las contemplaciones y con pasión animal se cuelga de las abrazaderas, al tiempo que espeta "LA CUCA, LA CUCA, LA CUCA!".
Segunda.
El conductor dobla a la derecha. Mira de reojo por el retrovisor.
Desde el copiloto, ya no hay vuelta que darle: "Acá dobla a la derecha, cálmate, despacio, párate acá, compra pan, pon segunda, pon primera, vota por el NO...".
Nicolás ya no entra en la historia.
Primera.
El conductor mira con ansias la vereda. Cara de pocos amigos y menos disculpas.
Desde el copiloto, callo.
Nicolás con cara de Salvado por la campana sólo respira.
Stop.
El conductor enfila por la diagonal.
"Cabezón, bájate",
"Ah?".
"Cabezón, bájate",
"Pero Negro, no podí ser así".
"Cabezón, BAJATE".
"Pero no...".
"Cabezón... BAJATE".
Se cierra la puerte.
Nicolás desde el asiento del copiloto, se pone el cinturón. El ritalín le vuelve a las venas.
Moraleja de la historia: Sientate atrás.
C:
1 comentario:
moraleja 2 : Siempre subirse mas curado que el piloto...
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