Se parece harto.
En Gambetta, la ventana de la cocina daba a un jardín interno (parte del privilegio de habernos rajado con las tremendas dependencias), donde siempre habían dos o tres cabros chicos con pinta de malas pulgas. Recuerdo una vez que Jorgito se despertó para ver un terrón de arena que volaba por la ventana y caía en su cama. Para suerte mía, terrones nunca llenaron el piso de mi pieza. Mirando hacia afuera, se veía el típico arbol formato abedul, con hojas como la bandera de Canada, pero más rascas.
Llegado recién en Septiembre, con el café número seis por abajo en la mano, me sentaba en la mesa-comedor-tablero marcador-especiero, esperando. Nunca supe qué, aunque probablemente haya sido a la lola que vivía en el edificio de al lado, a la que todos los tres en el departamento le teníamos ganas, casi como en el comercial de Sprite. Ese árbol siempre nos tapaba la parte interesante de la promenade (nos es un poco excesivo, no puedo hablar por Trejito). Un día de Diciembre (me acuerdo hasta del número, un tres) el mentado arbóreo amanecio blanco entero. El pasto también. Idem el suelo. Para mi no era la primera vez, pero si la primera vez que lo veía en mi casa. Y también era la primera oportunidad que sentía el reducto gambettiano algo más acogedor, algo más como hogar.
Ayer, en el árbol en frente de mi ventana, como dijo Super Taldo, mismo argumento, misma historia pero distinto personaje: nieve a pierna suelta. El dato me lo pasó la Ñaño. Salí con frío hasta el tuétano para ver nevar. Unos negritos se paseaban también. La escena del negativo se me vino a la mente, pero esta vez en positivo. Y cerca de mi casa.
Es bueno, eso de sentirse un poco en casa. Es verdad, mi colchón aún no tiene el típico hoyo como el "mío propio" de Talca, o mi taza no le falta la mitad de la oreja que se la voló mi hermano cuando eramos más chicos y yo aún no lo miraba para arriba. Pero se siente más como casa. Toma tiempo.
C:
En Gambetta, la ventana de la cocina daba a un jardín interno (parte del privilegio de habernos rajado con las tremendas dependencias), donde siempre habían dos o tres cabros chicos con pinta de malas pulgas. Recuerdo una vez que Jorgito se despertó para ver un terrón de arena que volaba por la ventana y caía en su cama. Para suerte mía, terrones nunca llenaron el piso de mi pieza. Mirando hacia afuera, se veía el típico arbol formato abedul, con hojas como la bandera de Canada, pero más rascas.
Llegado recién en Septiembre, con el café número seis por abajo en la mano, me sentaba en la mesa-comedor-tablero marcador-especiero, esperando. Nunca supe qué, aunque probablemente haya sido a la lola que vivía en el edificio de al lado, a la que todos los tres en el departamento le teníamos ganas, casi como en el comercial de Sprite. Ese árbol siempre nos tapaba la parte interesante de la promenade (nos es un poco excesivo, no puedo hablar por Trejito). Un día de Diciembre (me acuerdo hasta del número, un tres) el mentado arbóreo amanecio blanco entero. El pasto también. Idem el suelo. Para mi no era la primera vez, pero si la primera vez que lo veía en mi casa. Y también era la primera oportunidad que sentía el reducto gambettiano algo más acogedor, algo más como hogar.
Ayer, en el árbol en frente de mi ventana, como dijo Super Taldo, mismo argumento, misma historia pero distinto personaje: nieve a pierna suelta. El dato me lo pasó la Ñaño. Salí con frío hasta el tuétano para ver nevar. Unos negritos se paseaban también. La escena del negativo se me vino a la mente, pero esta vez en positivo. Y cerca de mi casa.
Es bueno, eso de sentirse un poco en casa. Es verdad, mi colchón aún no tiene el típico hoyo como el "mío propio" de Talca, o mi taza no le falta la mitad de la oreja que se la voló mi hermano cuando eramos más chicos y yo aún no lo miraba para arriba. Pero se siente más como casa. Toma tiempo.
C:
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