Como si fuera un capítulo de Lost, pero sin el pelao Locke, que, para que estamos con cuentos, es el que la lleva en la isla/realitichou/mansion pleiboi (o creen que encualquier avión que viaja por los cielos estrellados del mundo andan guachas como la Sun?): el fin de semana pasado, un grupo de 10 partió con ojos llenos de esperanza hacia Amsterdam. Algunos llegaron antes vía tren (Gaby y Dany), otros temprano en el apasionante viaje en bus con contigente yanqui del tipo "it's like, you know, huh?" (inclúyome y adjunto a Iver, Rata, La Máquina y MariLu) y otros después (Ñaño(F), Ñaño(M) y Jorgito). Todo esto para celebrar el primer año/litro de la Asefe en pleno, con sus buenas y malas gestiones, pero nunca solos (whisky y brandy nos acompañan siempre). Lo que sí es claro es que no voy a darles la lata con lo impresionante que fue el suicidio neuronal o de como la teoría de Rata sobre como las neuronas son como búfalos o bueyes o algún cuadrúpedo patán que gusta de correr por la planicies o de como el dinero se hizo humo (no pun intended number 2). Menos contaré que lo que pasó en Amsterdam se queda en Amsterdam, o por último no queda en ningún lado (casi como el lago que desapareció, pero esta vez mental). Ni voy a comentar nuestro jugo industrial las dos noches que pernoctamos en los tugurios holandeses (yo creo que la fábrica de Watts no alcanzaría para describir la cantidad de jugo/minuto que dabamos; para el regalón o la regalona, sólo por 500 pesos, de parte de importadora ChiwaPhulento). No viene al caso, y aún más, no hay caso.

Lo que les voy a contar es sobre el juego. EL juego. A pesar de ser un tipo versado en encontrones con las fuerzas g (sino no me hubieran puesto ficha de astronauta), nunca me había enfrentado a tamaño monstruo acelerador. 4.3 g no es poco (La Máquina debe tener una sonrisa de oreja a oreja porque logró hacerme decir que sí, él tenía razón en su estimación y que yo otra vez andaba con el teniente Bello comprando pan de molde: punto para ti, mostro máquina gurú transformer repartidor de diario Ayatolah presentador de productos de belleza tarro de Milo de quinientos cecés tractor amarillo inestabilidad elíptica). El jueguito este es sencillamente un palo con una silla amarrada a ambos extremos que gira por su centro. Eso sí, cuando digo palo quiero decir un tubo de 50 metros de largo. Subirme me dió tiritón, eso lo aseguro. Pero la recompensa lo valió con creces. Desde el ápice estando invertido en la sillita de playa, ver como el suelo se acerca a velocidad vertiginosa, mientras tu estómago se comprime como pan con queso en guaflera y tus ojos se llenan de lágrimas como nana que pela cebollas mientras ve el final de la Madrastra, es una sensación irrepetible. Bueno, hasta la otra vuelta de la silla por el mismo punto, pero esta vez un tanto más rápido. Más rápido. Y más rápido. Hasta que tus gritos no se escuchan porque ya no son gritos: es pura e incontrolable risa. Para mi lo fue así (para Ñaño(M), no). Nunca me había reído tanto, por tanto tiempo. Fue como comprarme un Tony Caluga envuelto en Alvaro Salas mientras veía TVCondoro Nights Again Forever Alive (Pato Stravosky y el socio que andaba con la Camaggi me alegraban los Lunes con sus videos dolorosos, Pichi!). En cada vuelta, más risa, más luces que veía a lo lejos en el suelo que se prendían acercándose y menos voz, porque reirse tan fuerte cuesta (es asequible: no cuesta la dignidad, por decir algo).
Volviendo a vivir a 1 g, la risa se disipó aunque tomo tiempo.

Hasta que me subí de nuevo.
Había que seguir riendo.
C:

Lo que les voy a contar es sobre el juego. EL juego. A pesar de ser un tipo versado en encontrones con las fuerzas g (sino no me hubieran puesto ficha de astronauta), nunca me había enfrentado a tamaño monstruo acelerador. 4.3 g no es poco (La Máquina debe tener una sonrisa de oreja a oreja porque logró hacerme decir que sí, él tenía razón en su estimación y que yo otra vez andaba con el teniente Bello comprando pan de molde: punto para ti, mostro máquina gurú transformer repartidor de diario Ayatolah presentador de productos de belleza tarro de Milo de quinientos cecés tractor amarillo inestabilidad elíptica). El jueguito este es sencillamente un palo con una silla amarrada a ambos extremos que gira por su centro. Eso sí, cuando digo palo quiero decir un tubo de 50 metros de largo. Subirme me dió tiritón, eso lo aseguro. Pero la recompensa lo valió con creces. Desde el ápice estando invertido en la sillita de playa, ver como el suelo se acerca a velocidad vertiginosa, mientras tu estómago se comprime como pan con queso en guaflera y tus ojos se llenan de lágrimas como nana que pela cebollas mientras ve el final de la Madrastra, es una sensación irrepetible. Bueno, hasta la otra vuelta de la silla por el mismo punto, pero esta vez un tanto más rápido. Más rápido. Y más rápido. Hasta que tus gritos no se escuchan porque ya no son gritos: es pura e incontrolable risa. Para mi lo fue así (para Ñaño(M), no). Nunca me había reído tanto, por tanto tiempo. Fue como comprarme un Tony Caluga envuelto en Alvaro Salas mientras veía TVCondoro Nights Again Forever Alive (Pato Stravosky y el socio que andaba con la Camaggi me alegraban los Lunes con sus videos dolorosos, Pichi!). En cada vuelta, más risa, más luces que veía a lo lejos en el suelo que se prendían acercándose y menos voz, porque reirse tan fuerte cuesta (es asequible: no cuesta la dignidad, por decir algo).
Volviendo a vivir a 1 g, la risa se disipó aunque tomo tiempo.

Hasta que me subí de nuevo.
Había que seguir riendo.
C:

No hay comentarios:
Publicar un comentario